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Arte y ciencia
El cerebro humano es una máquina de ordenar el mundo. Entre la ensalada de sensaciones que recibe de los sentidos, el cerebro escoge sólo unos cuantos detalles para someterlos al análisis de la conciencia. Con esos detalles construye una imagen coherente de la realidad que nos permite actuar: esquivar peligros, procurarnos beneficios y placeres; en general, sobrevivir. La extraordinaria capacidad humana para desmenuzar el mundo, encontrarle sentido y anticipar vicisitudes -capacidad que tienen otros animales, pero menos desarrollada- fue la única arma que tuvieron nuestros antepasados primitivos para sobrevivir en un entorno poblado de depredadores más feroces y más fuertes que ellos. Todos hemos heredado esa capacidad.
De modo que cada cabeza es un mundo, pero sólo en los detalles superficiales. En el fondo, todos pensamos igual, y sería de esperarse que se note. El biólogo estadounidense Edward O. Wilson señala que, puesto que toda la cultura humana tiene como origen el cerebro, las fuentes de todo lo que hacemos habría que buscarlas en el funcionamiento de ese órgano. El origen común del arte y la ciencia, según Wilson y otros, está en la capacidad del cerebro de imponer orden en el caos de la experiencia, y en el placer que nos produce ejercitar esta función.
Sergio de Régules
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Planeta simbiótico
La simbiosis, el sistema en el cual miembros de especies diferentes viven en contacto físico, es un concepto arcano, un término biológico especializado que nos sorprende. Esto se debe a lo poco conscientes que somos de su abundancia. No son sólo nuestras pestañas e intestinos los que están abarrotados de simbiontes animales y bacterianos; si uno mira en su jardín o en el parque del vecindario los simbiontes quizá no sean obvios pero están omnipresentes. El trébol y la vicia, dos hierbas comunes, tienen bolitas en sus raíces. Son bacterias fijadoras de nitrógeno esenciales para su sano crecimiento en suelos pobres en este elemento. Tomemos después los árboles, el arce, el roble y el nogal americano; entretejidos en sus raíces hay del orden de trescientos hongos simbiontes diferentes: las micorrizas que nosotros podemos observar en forma de setas. O contemplemos un perro, normalmente incapaz de percatarse de los gusanos simbióticos que viven en sus intestinos. Somos simbiontes sobre un planeta simbiótico y, si nos fijamos, podemos encontrar simbiosis por todas partes. El contacto físico es un requisito imprescindible para muchos tipos de vida diferentes.
Lynn Margulis
Identifique la idea que ejemplifica la simbiosis en el texto de Lynn Margulis.
La memoria del universo
La teoría del big-bang fue propuesta en 1948 por el físico nuclear y cosmólogo norteamericano de origen ruso Georgy Antonovich Gamow (1904-1968). Tiene sus antecedentes en los trabajos de Alexander Friedman y Georges Lemaître, de 1922 y 1927, respectivamente, quienes concluyeron en forma teórica que el universo está en continuo movimiento. Sin embargo, la piedra angular de la teoría del big-bang fue la interpretación del corrimiento hacia el rojo del espectro de las galaxias lejanas, hecho por Edwin Powell Hubble en el año de 1929.
En 1965 Arno Penzias y Robert Wilson detectaron la radiación cósmica de fondo, a la que se ha llamado el vestigio de la radiación fósil del universo. La radiación de fondo resultó ser constante e isotrópica (igual en todas direcciones), y su espectro, analizado de acuerdo a la ley de radiación de Planck, correspondió a una temperatura de 3 kelvins (las más recientes determinaciones arrojan un valor de 2.726 kelvins). Por el descubrimiento de la radiación de fondo cósmica, Penzias y Wilson fueron acreedores al premio Nobel de física en 1978. Este descubrimiento constituye la evidencia experimental más importante en la que se sustenta la teoría del big-bang.
José Luis Pineda Vega et alli
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